Control de Peso

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El control de la masa de reservas que contiene el cuerpo es un factor esencial para la supervivencia: un exceso puede dar lugar a dificultades de movimiento que reducen la capacidad de sobrevivir al ataque de un depredador, y un déficit muy marcado puede dificultar la superación de un período prolongado de falta de alimentos. Por esta
razón, los sistemas que controlan los niveles de las reservas energéticas –esencialmente grasa– han sufrido un complejo proceso de evolución que ha originado la complejidad y redundancia actuales.

La idea que la masa de grasa depende prácticamente sólo de la disponibilidad de energía en el alimento ingerido no es puede mantener a la luz de los conocimientos actuales y de la enorme dificultad que representa cualquier modificación del peso corporal –en uno u otro sentido– en personas normales e incluso en los que se encuentran en ambos extremos del espectro: los muy delgados y los obesos.
El sistema de control del peso corporal necesita sistemas redundantes; su propia importancia implica que Los sistemas hayan de actuar con más de un sistema básico, modulable por señales de precedencia diversa. El sistema tiene una estructura básica de mecanismo homeostático, igual que la mayor parte de los sistemas de control del organismo. Un punto importante es que en el control de la masa de reservas corporales coexisten mecanismos neurales, hormonales y metabólicos. Los estímulos neurales, hormonales y metabólicos influyen activamente sobre los procesos que regulan el control del peso corporal. Finalmente, todo el sistema se sostiene sobre una base genética seleccionable, con modulación fenogenética que puede tener lugar muy temprano en el desarrollo; hay un componente heredable importante, así como improntación durante el desarrollo.

El control del peso corporal se ejerce esencialmente por el cerebro, donde residen los centros que lo determinan en cada momento del ciclo vital, y a partir de señales ambientales y de los patrones de desarrollo y de las bases genéticas específicas. Esta modulación se efectúa en dos niveles superpuestos: unos cambios a largo plazo, que
se ajustan a los diferentes momentos del ciclo vital: desarrollo, pubertad, plenitud funcional, senectud, etc. y a situaciones fisiológicas (gestación, lactancia) o a alteraciones funcionales (enfermedad, ayuno) intentando en todo momento mantener la homeostasis energética que permita la supervivencia con el mínimo consumo de las
reservas. Se trata de un mecanismo precautorio que permitirá superar periodos mas o menos prolongados de carencia de nutrientes.

Cuando bajamos bruscamente la ingesta energética (por ejemplo instaurando una dieta hipocalórica), se produce una adaptación mas o menos rápida a la nueva situación mediante una reducción paralela del gasto energético, lo que hace que el impacto de la reducción de la ingesta energética sobre la masa de reservas no sea tan marcada. La realimentación nos lleva, por el contrario, a un superávit momentáneo de energía (que se utiliza para reponer el déficit de reservas) que se corrige rápidamente gracias a la adaptación a un nuevo nivel mas alto de gasto energético. Del mismo modo, un fuerte incremento del gasto energético (por ejemplo al realizar más ejercicio) nos lleva a compensar la situación con un incremento del apetito, lo que comporta un incremento de la disponibilidad energética, con lo que no hay necesidad de echar mano de las reservas.